Las ruinas que aún nos hablan.- Un cuento de América Rubio



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Aquí sonaron los atabales, las chirimías y los antiguos cantos. La sangre corrió por estos escalones en ofrenda a los dioses que cobijaron y protegieron al gran imperio. La pulida piedra del sacrificio, sólida y orgullosa, se muestra a los espectadores que la miran, sin comprender plenamente su motivo y sus razones.

El recorrido entre los restos de la antigua plaza mayor, es impactante. Cada visitante se forma una idea diferente de lo que mira. El niño acompañado de sus padres, ve piedras que no concretan una forma arquitectónica por él conocida. No son casas, escuelas o comercios semejantes a los que existen en su colonia. Son aproximaciones a algo indefinido, que en realidad no le dicen algo. Los padres de ese niño, probablemente tengan una idea más aproximada sobre el significado de estos restos culturales. La palabra "aztecas", suena mucho a lo largo del camino.

Templo Mayor, lleva por nombre el recorrido de este espacio descubierto y remodelado para dar constancia de un histórico momento de la vida nacional.

A mí, me hace revivir escenas que he imaginado muchas veces.

Uno se mis libros favoritos es La Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo. Cada piedra de estas ruinas, da testimonio de lo que fue el contacto de dos culturas tan diferentes. La maqueta que se encuentra al interior del museo, permite apreciar la grandeza de la Ciudad que tanto asombró a los españoles. Canales y lago, dominados por un poder y una voluntad que no se detuvieron ante nada, para hacer del pueblo azteca, el dueño indiscutible de tierras y hombres.

Y luego la última gran batalla, librada más bien contra el destino y no contra los hombres. La epidemia de viruela haciendo estragos en una población sin defensas naturales contra la enfermedad. El agua contaminada, los víveres escaseando. El odio de todos los pueblos dominados, haciendo causa común con los invasores europeos. Los rituales de sangre en los templos, intentando revertir un destino que se presentía sellado.

Y antes de eso, como último obsequio de sus dioses, la batalla en que expulsan de la Ciudad a las fuerzas españolas y aliados tlaxcaltecas. El valor de Cuitláhuac y su gente que pierden el miedo a los que, primeramente, consideraron dioses. La humillante salida de Cortés de la ciudad dejando, en el camino a mucha gente.

La manera en que cuenta Díaz del Castillo este episodio es insuperable. Enlodados, perseguidos, heridos muchos de ellos, los españoles y su demás gente, escuchan durante toda la noche los gritos de dolor y terror, de quienes fueron hechos prisiones y son sacrificados en los altares, a golpe de puñal de obsidiana. El corazón aún palpitante, arrojado al bracero sagrado. En esa huida murió también el capital Juan Velázquez de León, quien custodiaba el tesoro azteca, calculado en ciento treinta y dos mil pesos oro. Murió ahogado en la calzada Tacuba, intentando defender lo robado.

Después de la derrota, la destrucción de la Ciudad y el vasallaje impuesto a quienes quedaron con vida. La edificación de la capital colonial, sobre las ruinas del otrora poderoso imperio. La Cruz, que desplaza a cualquier otro templo.

"Somos tú", siento que me gritan estos espacios, repletos de voces, visiones y sensaciones impactantes. Parte de nosotros, los mexicanos de hoy, nace de la gente que lucho por ambos bandos en este sitio. Mucho del lenguaje, de las maneras, los alimentos y las costumbres de esos tiempos, se mantienen en nosotros, a pesar del tiempo.

El paseo permite profundizar en el pasado de quienes sentimos en verdad la identidad nacional. Es un recorrido que nutre el espíritu, poniendo ante nuestros ojos las raíces de nuestro origen.

Hago el intento de visualizar el Valle de México a la llegada de los españoles. La primera visión de la majestuosa ciudad a la que ya conocían por referencias de los pueblos aliados.

Nada de lo escuchado tiene comparación con lo que sus ojos miran por primera vez. Ese asombro inicial es narrado por Díaz del Castillo en su libro.

Regreso a casa. Traigo el sabor del recorrido aún. Preparo un bocadillo, acomodo lo necesario en la mesita que se encuentra al lado del sillón y retomó, una vez más, el libro que he mencionado varias veces. Voy a los pasajes que más me gustan y reafirmo la información que la visita al museo, me proporcionó el día de hoy.

Quedo pensativa un rato. Voy al espejo y miro mi rostro con detenimiento. Tez blanca. Ojos claros. Pelo castaño claro. Poco que ver con los rasgos mexicas. Y sin embargo algo íntimo me dice que pertenezco cien por ciento a estos pueblos, donde el color cobrizo es herencia indiscutible.

Regreso al sillón y reflexiono que, después de tantos siglos, el color de la piel deja de ser tan importante. La identidad nacional viene entonces por otras vías. El espacio compartido por varias generaciones. La educación. La cultura. El respeto y el cariño a todo lo nuestro.

Quedo satisfecho con mis conclusiones. Soy tan mexicana como cualquier otra.

La visita a estos espacios culturales es enriquecedora. Una experiencia que no debería perderse todo el que tenga oportunidad de acercarse a la capital del país.

En tiempos en que las formas, modas y modelos a seguir, nos llegan, o son impuestas, por culturas ajenas por completo a lo que consideramos nacional, un poquito de recuerdo histórico, no le viene mal a nadie.

Yo se los recomiendo.

América Rubio