Despertar de dos.- Cuento de Anel Castilla


#EscribirTeTransforma


No quería abrir los ojos. Se estaba tan cómoda en sus brazos. Pensar en mi felicidad y sentirla abrazada a mí. Cálida aún, tierna.

Una desea en esos momentos prolongar lo más posible el estado de gracia alcanzado. Disfrutar el placer que se mueve ahora a un ritmo aletargado.

Soy feliz. El estado de plenitud se encuentra entre nosotros, cobijado por estas sábanas y reposando en nuestras almohadas. Él respira tranquilo y hay paz en su rostro. Descansa profundamente. Con los ojos entrecerrados, puedo adivinar, más que ver, nuestra felicidad compartida.

Por regla general, el estado de guerra es nocturno. Así lo mandan las buenas costumbres, escritas en no sé que manual que nosotros ignoramos. La mañana es un remanso de quietud y reposo por ahora. No puede durar más de una hora. Después, desencadenamos la batalla atávica, propia de cualquier enamorado.

Debo preparar algún alimento durante la pequeña tregua. Debo arreglarme un poco, para serle grata. Pero primero será necesario abrir los ojos. Luz. Al exterior y en mi interior hay una luminosidad de fiesta. Las ligeras cortinas dejan pasar la filtrada mañana, pero impiden el paso a sombras y nubes sospechosas. Nada rompe el equilibrio del momento.

Me levanto desnuda y miro antes de salir de la cama, la desnudez de su cuerpo. Rectifico entonces. Sí hay sombras en el cuarto, pero son de aquellas que acarician con su presencia y resaltan el detalle en alguna parte. Cobijan sin peso y casi con ternura. Dan constancia de lo concreto, pero lo difuminan atinadamente.

Me dirijo al baño. El agua tibia me reanima, pero sin romper el encanto del momento. La conciencia del fin de semana compartido impide que piense en las cosas de la vida diaria. Arreglo un poco mi pelo y salgo rumbo a la cocina. Algo ligero. Jugo, leche y pan serán suficientes. Dos vasos. Salgo y regreso casi al momento. Un vaso, ¿para qué dos?

Desde la ventana puede apreciarse una buena panorámica del jardín público. El verde me parece más intenso. No hay gente transitando. Una estampa solo mía, como este momento, como su presencia en la cama.

Un poco de perfume y a la cama nuevamente. Me acurruco, me envuelvo en él, más que en las sábanas. Sonríe y sé que lo hace porque me siente. Porque recuerda. Es la misma plenitud que me embarga. Cierro los ojos y escucho el silencio. Armonioso, rítmico como el latir del corazón sobre el que apoyo mi cabeza. Acaricio su pecho con mi mejilla y oreja. Seguramente ronronearía si pudiera hacerlo.

Siento su mano en mi pecho y cierro los ojos. Las caricias son mutuas y el instante compartido. Soy su piel y el ritmo de sus caricias y latidos lo van haciendo mío. Nos acercamos nuevamente, de a poco, sin prisa, sin ansias, a ese compartir que no requiere de palabras.

No abre los ojos pues me sabe de memoria. Mis manos conocen sus rutas y sus mapas. Lo encuentro, mientras él me redescubre y toma posesión de la tierra que lo ha presentido siempre.

Ahora son besos y caricias duplicadas. Ya no puedo pensar. Abandono mi ser y en su ser quiero encontrar mi respuesta. Legítimo es abandonarse en esta batalla de dos, ancestral, reiterada, llena de secretos y esperanzas.

No puedo ni quiero hablar más. No puedo pensar.

Que el desayuno espere hasta más tarde, o hasta mañana.

Anel Castilla