Cuentos de un Chairo.- El final de la violencia.- Malthus Gamba


#LaIVTransformaciónVa


Que difícil vivir en un país donde la violencia puso sus reglas entre nosotros y no nos es dado escapar a esa experiencia infame, donde la sangre se derrama innecesariamente.

Difícil ser testigo de la destrucción de familias, de la devastación de pueblos, de la vida pendiendo de la angustia, donde nunca es seguro el regreso de un ser querido.

Salir a la calle con miedo y regresar a la casa sin que la seguridad del hogar, signifique garantía alguna contra una violencia desatada. De noche puede aparecer aquel que, sin piedad, destruye y ensucia todo lo que encuentra a su paso.

Y más terrible aún, encontrarse en la situación en la que la vida me puso de manera irrevocable.

Tuve la fortuna de casarme con un hombre alegre, trabajador y responsable. A fuerza de años de lucha permanente, logramos construir esta casa en la que ahora habito sola. Era entonces un hogar tranquilo, luminoso y de puertas abiertas, como muchos otros que rodeaban nuestra pequeña propiedad. Al lado de la casa, en un espacio de buenas proporciones, mi marido instaló una pequeña ferretería, la cual fue creciendo con el paso del tiempo.

Mi padre nos había heredado el terreno en vida y por lo mismo, tenía una pieza bien acondicionada al fondo del patio interior. Trataba de no estorbar nuestra vida matrimonial y aparecía por la casa en pocas ocasiones. Yo le preparaba la comida diaria y lavaba su ropa. Fui hija única. Nunca sentí como una carga la atención a mi padre.

Fueron tiempos buenos y como es natural, llegaron los hijos. Mario fue el primogénito. De carácter apacible, inteligente e igual de responsable que su padre, era el orgullo de mi marido y del abuelo. Siempre fue muy unido con ambos y le gustaba mucho escuchar las historias que mi padre le contaba, referentes al tiempo en que fue militar. Mi padre estaba jubilado y fue promocionado a coronel, al momento en que solicitó la baja, por edad.

Después llegó Daniel, juguetón, curioso, displicente en muchos aspectos, pero lleno de energía y con una alegría contagiosa. La relación con el abuelo y con su padre fue también intensa y muy próxima. Siempre andaba tras ellos y quería ayudarles en todo.

Mis hijos crecieron sanos y felices hasta la adolescencia. Los problemas que daban, eran los naturales en todo muchacho. Nada especial que pudo decir al respecto, salvo que siempre estuvimos orgullosos de ellos.

Mientras en mi casa las cosas marchaban de buen modo, en la Ciudad comenzaba a sentirse en el ambiente, un aire de intranquilidad que se esparcía lenta, pero decididamente. Comenzaron a darse problemas que antes no teníamos. Robos en el trasporte, asaltos en las calles, violencia por las noches, que dejaron de ser seguras. Algo invadía la ciudad y todos nos sentíamos alarmados, aunque nadie se atrevía a alzar la voz, por miedo a las consecuencias.

Y es que se contaban historias sobre personas que se habían presentado ante las autoridades, solicitando justicia y habían pagado con sus vidas, o con las vidas de sus familiares, este reclamo contra quienes los habían maltratado. Se decía que la delincuencia y las autoridades actuaban coordinadamente.

Pasó aún un tiempo, antes de que la violencia nos tocara de manera personal. Mis hijos estaban en la secundaria (uno en tercero y el otro en primero), cuando nuestra vida familiar se asomó por primera vez a la desgracia. De ahí en adelante, todo se fue enlazando como en una cadena.

Estábamos por cerrar el negocio, cuando entraron dos hombres pidiendo precios sobre algunas herramientas que necesitaban. Yo me adelanté a la casa para ver si los muchachos necesitaban alguna cosa para terminar las tareas o para llevar a clases al día siguiente.

No había abierto la puerta de la casa aún, cuando escuche dos detonaciones a corta distancia.

Se me heló la sangre, pensando en el peligro que corríamos todos. Abrí la puerta, pero antes de entrar, pude ver a los dos sujetos que dejé con mi marido, salir corriendo, llevando en sus manos un saco abultado. Ya no tuve duda de lo que había sucedido. Regresé al negocio para corroborar únicamente lo que supe anticipadamente. Mi marido tendido en el piso, la caja registradora abierta y mucha mercancía tirada por todas partes. De ahí, las desgracias se precipitaron como en cascada.

Yo no podía atender el negocio y la casa al mismo tiempo. Mi padre, por mucho empeño que pusiera, no tenía la energía suficiente para tomar la responsabilidad de los dos muchachos. Las enfermedades de viejo lo limitaban bastante.

Mario dejó la escuela. Por un tiempo me ayudó en la ferretería, pero su camino era otro y yo lo sabía. Con ayuda de mi padre, entró al ejército, donde poco a poco ha ido ganándose un lugar a base de empeño.

Daniel es un caso diferente. Estuvo con nosotros hasta la muerte de mi padre y de ahí en adelante, tomó rumbo propio. Le molestaba estar en casa, yo creo que por los recuerdos que le producían un dolor intenso. Sé que a veces lloraba escondido, pensando que nadie sabía de sus penas.

Las amistades que eligió, no fueron las mejores. Dejó de llegar a casa por las noches, no daba respuesta a mis preguntas, ni atendía a los consejos que me atrevía a darle. Una mañana me avisó que ya no regresaría a la casa. Tenía ocupación, dinero y un lugar donde vivir a su gusto. Se fue ese día y solo ocasionalmente viene a visitarme.

Sé a que se dedica. Lo reclutó uno de los grupos criminales que pelean por el control de la Ciudad. Me lo han confirmado vecinas que conozco de tiempo.

De mi primer hijo, tengo noticias continuas y me visita en sus periodos de vacaciones. Ya pidió su traslado a esta zona militar y eso es lo que me preocupa en este momento.

Puede suceder que mis dos hijos se enfrenten a muerte en uno de los tantos combates que se dan en la zona. Esa sería la última desgracia para la familia. Con eso estaría completa nuestra tragedia.

Yo no entiendo a quienes esperan que el nuevo gobierno frene a la delincuencia en base al uso de la fuerza. Eso no ha servido en el pasado. Los grupos del crimen siguen operando sin afectaciones y las muertes no paran. Los únicos resultados hasta hoy, son familias lastimadas, dolidas por la muerte de alguno de sus integrantes. Muchos somos los que tenemos hijos en ambos lados. Militares y delincuentes. En esa guerra no habrá ganadores. Los ciudadanos registraremos víctimas familiares, sea quien sea el que gane en esas pequeñas batallas.

Por eso pido mucho para que la política que implementa el nuevo gobierno dé resultados. Atender las causas, crear trabajo, brindar educación, dar apoyo social a quienes menos tienen, empleo para los jóvenes, operar la seguridad con una Guardia Nacional libre de infiltrados y corruptos.

Me dice mi hijo mayor en su última carta, que tiene novia y que piensan casarse en el corto plazo. Deseo con toda el alma que esa unión sea para bien y que la felicidad que nosotros perdimos, no se rompa como en nuestro caso, por culpa de la violencia que se vive aquí. Que sus hijos crezcan sanos y vivan felices.

Que lo padres no vivan a diario con el temor de que, en cualquier momento, les den aviso de la muerte de uno de sus hijos, en uno de los tantos enfrentamientos que suceden en nuestra ciudad. O, en el peor de los casos, la noticia de que sus hijos se mataron en un operativo, donde peleaban en bandos diferentes.

Eso no puede seguir sucediendo.

Malthus Gamba