El señor Hoffman.- Cuento de América Rubio


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Tenía un pato y era su principal preocupación durante el día. Preguntaba a la servidumbre y a los miembros de su familia que encontraba al paso, si el pato había comido, o si tenía agua suficiente.

El señor Hoffman padecía Parkinson y requería atención permanente. Éramos tres enfermeras contratadas para cubrir las veinticuatro horas del día. A mí, me correspondía el turno matutino. El señor Hoffman era madrugador y lo encontraba despierto al relevar a mi compañera del turno de la noche.

Creo que de las tres personas que nos encargábamos de su cuidado, era yo a la que más apreciaba nuestro paciente. Siempre había una sonrisa suya saludando mi llegada. No permitía que nadie más lo ayudara a bañarse y arreglarse. Tenía ya bastantes problemas de habla y movimiento, por lo cual su torpeza impacientaba incluso a su familia. Yo no daba importancia a esos detalles y procuraba que se sintiera cómodo y contento durante las ocho horas de mi turno.

Procuro ser enteramente profesional en mi trabajo, pero el aspecto humano no he podido dejarlo de lado, por mucho que me lo recomiendan mis compañeras. 

El señor Hoffman fue perdiendo poco a poco la pena que le causaba su desnudez de hombre viejo, ante una mujer que, por la edad, podía ser su nieta. Fue difícil el inicio, pero la seguridad que yo mostraba en todos mis actos y la plática desenfadada que sosteníamos sobre temas generales, fueron venciendo esa vergüenza inicial. Lo lamentable, lo que nunca pudo superar, era la pena que lo embargaba cuando tenía que asistirlo después de hacer sus necesidades  fisiológicas.

Las lágrimas asomaban a sus ojos y no había modo de hacerlo hablar en esos momentos. Yo trataba de ser rápida con el uso del papel, para poder acomodar rápidamente su ropa y fingir que no había sucedido algo importante. Era parte de mi trabajo y no tenía en realidad un significado especial. Invariablemente me pedía disculpas y maldecía su suerte, por sufrir una enfermedad que le impedía hacerse responsable de su persona, hasta en las cosas más sencillas e íntimas.

Después de estos episodios, quedaba en silencio por un buen rato. Yo le daba su espacio para que se calmara y después buscaba al pato. Los graznidos de la mascota lo relajaban y alegraban. Pedía algo de comida para su amigo y entre ambos, pasábamos un rato agradable, alimentando y dando de beber a su querida mascota.

Era difícil ya entender la plática del señor Hoffman, pero yo me esforzaba por comprender algunas pocas palabras, de entre las muchas que intentaba pronunciar, para poder darme una idea general del asunto que me refería y colocar de vez en vez, un comentario al respecto.

La comida era también motivo de disgustos para el señor Hoffman. No podía controlar sus movimientos y no obstante esto, insistía en que le dejara manejar la cuchara, ya que tenedor y cuchillo estaban totalmente descartados. No obstante que le colocaba el babero antes de que se sentara a la mesa, su ropa, por regla general, quedaba manchada en el cuello, o las mangas. El mantel y la silla corrían igual suerte y todo eso hacía que se disgustara consigo mismo y con la enfermedad que lo limitaba tanto. Terminaba por ceder y yo podía entonces darle el resto de los alimentos en la boca.

Fueron dos años de atención para este paciente. Vi salir a mis dos compañeras de trabajo y ser sustituidas por otras que al final también se fueron. La propuesta vino entonces, por parte de sus familiares. Cubrir los turnos matutino y vespertino por una muy buena paga. Comida incluida y sábados y domingos libres, ya que tanto el hijo como la nuera del señor Hoffman, trabajaban únicamente de lunes a viernes.

Así trabajé los últimos ocho meses en esa casa. Ya para entonces, mi paciente y yo estábamos plenamente identificados. Su estado de salud se deterioraba lenta, pero perceptiblemente. Un poco el Parkinson y otro poco sus ochenta y tres años de edad, fueron minando su salud y su voluntad de vivir. En los últimos días, poco platicaba conmigo, sumido en un mutismo fruto de los medicamentos y de las pocas ganas de vivir que le quedaban.

Solo el pato despertaba su interés cuando hacía acto de presencia. Su forma torpe de caminar le hacía mucha gracia y la atención a sus necesidades, en cuanto a alimento y agua, hacían revivir en él, por algunos minutos, la actividad que casi se había apagado.

El señor Hoffman falleció un fin de semana. Al regreso de mi descanso, me encontré con la noticia y con los preparativos del entierro que se verificaría ese mismo día. Asistí al sepelio y me despedí de todos. Mi paciente había fallecido y el trabajo en esa casa terminaba.

Estaba esperando un taxi que me acercara a la estación del metro, cuando me alcanzo corriendo uno de los empleados de la casa. Había algo que tenían que entregarme. Pensé en la gratificación que algunos familiares dispensan al final del servicio. Me encontré con una jaula de proporciones considerables y dentro de ella, al pato.

La última voluntad del señor Hoffman, me dijeron, era que yo recibiera a ese pato, como legado. Nadie lo había querido tanto, después de él, como lo había hecho yo. Acompañaba al presente una considerable cantidad en efectivo, para que la alimentación de la mascota no fuera una carga para mí. Era la última voluntad del difunto.

No supe que decir y se despidieron dándome las gracias por todo y cerrando la puerta de la casa a mis espaldas.

No sé si en verdad, el pato es herencia del señor Hoffman. Jamás hablamos algo al respecto. Quizá fue el modo más fácil para la familia, de librarse de la mascota.

Durante el funeral, derramé bastantes lágrimas de dolor, por la muerte del señor Hoffman. Unas horas después, casi al declinar el día y ya con su mascota al lado, siento un poco enojo hacia mi finado paciente, su familia y mi pato.

América Rubio