Cuentos de un Chairo.- Recuperando nuestra realidad.- Malthus Gamba


#LaCuartaTransformaciónVa


Alma es inquieta, risueña, abierta en muchos sentidos, aunque tiene facetas que limitan su comprensión de la realidad. Le gusta la fiesta, el paseo, la música y el cine. Sus amigos son jóvenes como ella y salen y se frecuentan todo el tiempo. Un grupo que no tiene diferencias apreciables con otros que también recorren nuestra Ciudad por la noche. Porque el tiempo que mejor se amolda al tipo de vida que gusta a Alma, transcurre precisamente durante las horas en que el resto de la gente descansa.

Son animales nocturnos, dice. Por eso, es difícil mantener activa una amistad, cuando los horarios no son compatibles, entre dos personas que se estiman.

Soy el mejor amigo de Alma. Quizá su único verdadero amigo. Yo lo sé y ella corresponde a esa estimación, considerándose mi mejor amiga. Crecimos juntos desde pequeños. Vecinos en la misma calle y compañeros de escuela hasta el bachillerato. A partir de ahí, tomamos rumbos distintos. A mí me gusta la arquitectura y Alma está por definir aún su destino. Terminada la preparatoria, dejó los estudios y dedica su vida a...nada.

Detesta cualquier tipo de trabajo. No tiene interés en seguir sus estudios y manifiesta, a quien pregunta que, por el momento, su único interés está en vivir y disfrutar su juventud plenamente. Su familia tiene varios negocios y algunas propiedades, por lo que en realidad vive bastante bien y sin carencia alguna.

Hay algo que no he dicho respecto a Alma. Es sumamente atractiva. Con una voz cálida y profunda que da solidez y misterio a su figura delgada, alta y elegante, modelada rigurosamente. Las proporciones de su físico son casi perfectas. Todos adoran a Alma y más de uno le ha pedido algo más que su amistad. Alma disfruta inalterable las muestras de deseo y afecto que llegan de todas partes. Es amable, pero no sede a las peticiones de quienes la pretenden.

Como digo, nuestra amistad es vieja y por lo mismo, llena de historias y recuerdos. Alma gusta de la reminiscencia. Siendo joven, parecería un defecto la importancia que concede a lo que fue y no a lo que es. Hablamos frecuentemente de nuestra infancia, nuestras familias, maestros y juegos en común. Todo lo pasado le hace mucha gracia. La entretiene y le interesa. La divierte verdaderamente. Es cuando la encuentro más plena y auténtica. Sin poses y afectaciones.

Porque desde que no estudiamos juntos, Alma se ha permitido adoptar actitudes que no le conocía y que no la favorecen. Gusta de los lugares comunes en la plática. Las muletillas de moda y los chistes fáciles que uno escucha en cualquier esquina. Se viste con el desenfado de siempre, pero ahora se nota que la marca de cada prenda tiene mucho que ver en lo que respecta a su atuendo. Ha perdido la naturalidad y sencillez que distinguió a su persona por años. Todo eso, resultaba un misterio para mí.

Tiene todo el tiempo del mundo, dispone del dinero que le hace falta. Nadie la ata, pues sus padres son bastante liberales con ella. Y, sin embargo, Alma no es feliz. Me lo comentó hace apenas unos días.

Alma se siente vacía. El paso a la mayoría de edad, se le atragantó de alguna manera. Sus decisiones le competen enteramente y no está acostumbrada a decidir. Por eso su apego a un pasado donde las responsabilidades pertenecían a otros. Ella solo tenía que dejarse llevar a los sitios y oportunidades que esos otros le procuraban. Sus padres la empujan ahora, a que tome decisiones y eso le da miedo. No tiene idea de lo que en realidad quiere hacer de su vida, fuera de ser feliz. Por eso los recorridos nocturnos en fiestas y lugares de moda. Por eso dormir de día, intentando envolver en sueños las responsabilidades que la esperan. Por eso la moda en el atuendo, para sentir sobre la piel la uniformada aceptación de quienes la miran. La ropa oculta la carencia de identidad que la consume.

Alma llora conmigo y me cuenta lo que nadie más sabe. No encuentra su camino entre gente que se mueve adormecida, cumpliendo labores rutinarias que proporcionan reducidos momentos de felicidad. Y ella que imaginaba la vida como una eterna fiesta. Siente que la felicidad que conoce y disfrutó por largo tiempo, se le escapó en alguna vuelta del camino. No la encuentra y eso la consume.

Quedé con ella en pensar un poco en su situación, para ver si había algo que pudiera, o pudiéramos hacer al respecto. Secó sus lágrimas y salió a despedirme, hermosa como siempre. Nadie que la viera entonces, podría pensar que sufría.

Pensé todo ese día y el siguiente en la mejor forma de ayudar a mi amiga. Al final, me pareció haber encontrado el camino y sin perder tiempo, puse en marcha un plan no muy complicado. Hablé con su padre, al que conozco de toda la vida. Le manifesté las inquietudes de Alma, sin entrar en detalles. Únicamente, que su hija deseaba ocuparse en algo productivo. Le planteé mi plan y aceptó de inmediato.

Inscribimos a tres de sus negocios en el programa Jóvenes Construyendo el Futuro. El padre de Alma cubrió todos los requisitos y le asignaron 8 aprendices en total. La responsabilidad la adquiría él, pero la idea era que la delegara en su hija.

Una vez realizado el trámite, le participe a Alma en qué consistía el proyecto. Esos jóvenes querían una oportunidad, al igual que ella. Deseaban inventarse un futuro y dependían de los negocios de su padre y del apoyo del gobierno, para conseguir ese fin. Había que estar al pendiente de sus necesidades y orientar su aprendizaje de la mejor manera. Si aceptaba, esa responsabilidad sería totalmente de ella. Un año de compromiso permanente. Esos muchachos carecían de las ventajas que ella tenía.

Con la información documental que le proporcioné, entendió de qué se trataba todo. Aceptó entusiasmada.

Para concluir correctamente este asunto, le reproduje un video de López Obrador, donde cierra una conferencia con esta frase: "La verdadera felicidad, es darle la mano a quien lo necesita".

Me parece que ahí, Alma reencontró la ruta que creía haber perdido. Y ahí también retomé el camino que desde niño me había trazado.

Fue la primera vez que recibí un beso de Alma en la boca.

Malthus Gamba