Cuentos de un Chairo.- la importancia de la Cultura.- Malthus Gamba


#LaCuartaTransformaciónVa


Recuerdo perfectamente ese tiempo. No había preocupaciones mayores. Todo lo resolvía la familia. Mis padres y mis abuelos. Era fácil sentirse libre, alegre por las causas más simples y compartir esa felicidad con los compañeros de escuela.

Siempre fui guapa y con admiradores en todas partes. Desde la secundaria hubo peleas para determinar, quién me invitaba algún dulce o refresco a la hora del descanso, o para decidir al ocupante del pupitre que se encontraba a mi lado.

Ya en el bachillerato, la cosa fue más seria. Yo había crecido hasta alcanzar el metro setenta de estatura. No muy alta, pero tampoco bajita. Ahí, hasta algún maestro intento ser algo más que mi mentor.

En realidad, a nadie tomaba en serio. Me gustaban los halagos, pero no perdía la cabeza haciendo de estos el motivo de mi felicidad. Me gustaba la libertad, tener amigos y disfrutar con ellos todo lo que nos ofrecía la vida. El deporte me apasionaba y fui muy buena en basquetbol y volibol. Siempre he llevado una vida sana, sin inclinación hacia algún tipo de droga. Ni siquiera el cigarro.

Y no es que me prohibiera alguien probar alguna de esas sustancias. Sencillamente nunca me llamaron la atención.

Como digo, fui siempre una chica feliz, pero en el fondo de mi ser, sentía que algo me faltaba. No podía ubicar qué, pero me sentía incompleta. Carente de algo fundamental que requería mi vida.

Hoy soy una mujer mayor, casada y con hijos. Creo que he conseguido estabilidad en las distintas facetas de mi vida. Disfruto de mi existencia con plenitud. No envidio y me encuentro en paz con todo y con todo.

Ese vacío del que hablé anteriormente se llenó en el momento oportuno y ha sido la fuente de todo el bienestar que disfruto desde hace años.

Como he dicho, yo fui una muchacha afortunada. Tenía inquietudes que no sabía expresar y menos aún satisfacer. Necesitaba, como lo necesitan todos los jóvenes, hacer algo con mi vida y ese era el motivo por el cual estudiaba y procuraba obtener buenas calificaciones. Pero algo faltaba ahí. Me desesperaba no poder encontrar qué se escondía tan obstinadamente.

La respuesta llegó sola y casi sin buscarla. Había en la facultad un compañero con el que compartía algunas asignaturas. Alto, delgado, bien parecido. No parecía reparar demasiado en mis atributos naturales. Me hablaba poco y siempre sin intentar dar un paso adelante. Para él, era otra compañera más, a la que se saluda cortésmente, sin algo más de por medio.

Había algo que me fascinaba en Rodrigo. Esa seguridad que mostraba en todo lo que hacía. Hablaba con soltura, utilizando un vocabulario amplio y bien estructurado. Tenía argumentos para todo y en realidad, sus juicios nunca dejaron de ser bien razonados. Esto lo veo hoy, cuando han pasado varios años, que me han dado tiempo para reflexionar sin apasionamientos, sobre lo que en realidad viví entonces.

Si la montaña no viene a ti, entonces hay que acercarse a la montaña. Yo fui quien me acerqué en primera instancia a Rodrigo. No recuerdo el pretexto, pero sí tengo presente que, a partir de nuestra primera plática, quedé asombrada con la sólida personalidad de mi nuevo amigo. No solo dominaba los temas que estudiábamos (tenía mejores calificaciones que yo). Platicaba con mucha naturalidad de cine, teatro, literatura, ciencia, pintura y todo lo que podía ser considerado como conocimiento general.

Después, cuando la confianza se afianzó entre ambos, le pregunté en cuáles escuelas había estudiado, pensando, con total ingenuidad, que yo me había perdido de una educación tan completa, por haber asistido a planteles oficiales.

Resultó que Rodrigo también había realizado sus estudios en escuelas públicas. Nada diferente había entre nosotros en ese aspecto. Y, sin embargo, existía un abismo entre la formación de mi amigo y la mía.

Un día no pude más con esta incertidumbre y pregunté abiertamente de dónde provenía ese caudal de conocimiento que daba tanta seguridad y firmeza de argumentos a mi amigo. La respuesta fue sencilla, según hoy lo veo. No fue una revelación dramática, ni un secreto particular que se encontraba escondido en alguna parte.

Rodrigo me respondió simplemente: desde muy pequeño, mi familia me acercó a la cultura.

Ahí conocí la enorme diferencia que existe entre educación y cultura. La educación es el instrumento con el cual aprendes a servirte de las técnicas, herramientas y modos que ha inventado el hombre, para facilitarse la vida y hacer de este mundo un espacio relativamente grato y seguro. La cultura, responde a las motivaciones del hombre para encontrar la felicidad, la estabilidad personal, las razone del ser y la belleza que se encuentra en todas partes. Estas razones son de todo orden: políticas, artísticas, sociales, filosóficas, psicológicas, etc.

Mientras más profundizas en la cultura, más amplio es tu conocimiento del mundo. Y para conseguirlo, solo hay que acercarse a los buenos libros, al buen cine, a la pintura, a la música, asistir a los museos, conciertos y vivir. Sobre todo, lo último: vivir mucho y sacar conclusiones propias, de acuerdo a tus experiencias personales. Eso era todo.

Debo decir que no tengo una sola imagen de Rodrigo en la memoria, en donde no aparezca un libro a su lado. Un libro ajeno a la carrera. Un libro que devoraba en unos cuantos días y a veces en unas horas.

De ahí en adelante, nuestra amistad fue otra. La cultura en mi vida, cambió la visión del mundo que había tenido hasta entonces. Las paredes o barreras fueron cayendo una a una. Rodrigo me propuso lecturas. Vimos bastante cine juntos. Paseamos por lugares interesantes muchas veces y dedicamos tiempo a museos y teatros. Para mí, ese contacto fue trascendente.

Hoy soy funcionaria pública. Pertenezco a la nueva clase política que impulsa la Cuarta Transformación. No admito la corrupción, ni la impunidad. Me considero una mujer con valores sólidos y creo firmemente en el enunciado básico de nuestro presidente: primero los pobres.

Todo esto es fruto del proceso de aprendizaje que nació al tener mi primer contacto con la cultura, gracias a Rodrigo.

Nuestras vidas se apartaron por razones profesionales. Sé que, desde su trinchera, también es un convencido del cambio propuesto por López Obrador. Muy ocasionalmente nos comunicamos. Hay un afecto especial, que no se rompe a pesar de las distancias y el tiempo.

Nunca he podido agradecer a Rodrigo todo lo que me procuró su desinteresada amistad en ese entonces. Pienso que quizá no tenga la oportunidad o las fuerzas para hacerlo. No me gusta llorar y estoy segura que lo haría en ese momento.

Por eso, trabajo con dedicación y constancia para que la Cuarta Transformación se consolide debidamente en nuestro país. Creo que aprovechar la experiencia y conocimiento adquiridos para ese fin, es el mejor agradecimiento que puede darse.

A final de cuentas, he llegado a la conclusión de que para eso sirven verdaderamente la cultura y la educación. Alcanzar una mayor justicia para el bienestar de todos.

Malthus Gamba