FELINA.- Cuento de América Rubio


#ElCuentoTransforma


Miró a sus gatos, envueltos en felicidad.

Su pelo denso, suave, de una confortabilidad que ninguna almohada puede brindar.

Son dos gatos que no conocen otra forma de vida que la que les ofrece el departamento que tienen por mundo. Cuatro paredes limitantes que no significan barrera ni cárcel para estos dos pequeños seres perezosos. Son felices en su pequeño universo y no cambiarían esta dicha, ajena a obligaciones y ajetreos, por una libertad cuestionable, en la que la conquista del alimento y el refugio diario, son constantes que no dejan demasiado tiempo al juego y al descanso despreocupado, a que son tan afectos.

Mira las uñas recién pintadas y cambia de mano para proceder al arreglo de las cinco restantes. A final de cuentas, qué se considera como libertad. El cuestionable derecho a caminar sin rumbo. A seguir el destino de muchos otros que son prisioneros de ocupaciones que ni les van, ni les vienen. Esa libertad que implica horarios prestablecidos, rutinas tediosas, traslados complicados y recursos insuficientes, quincenales o mensuales. Vaya idea de la libertad entonces.

Dejó el pequeño frasco sobre la mesita lateral y acomodó su delgado cuerpo en el amplio sillón del recibidor. Unos minutos de espera y habría terminado con el arreglo de sus manos. La libertad, para ella, era todo lo contrario. Nada de rutinas, ni de molestas actividades donde son necesarias obediencia y dedicación inobjetables. Libertad se entiende como tiempo sin horarios, enemigos del descanso prolongado. Es saber que está a su disposición todo, sin la preocupación de salir a conquistarlo. Sentir la voluptuosidad de la vida, en las sábanas de seda, en la piel de los sillones, en la frescura del baño a cualquier hora y en la comodidad de la ropa, nunca sudada ni arrugada por el trajín de la jornada. Eso es libertad y no otra cosa.

Las uñas de los pies le costaban poco esfuerzo. Era un gusto dar a esa parte de su cuerpo diseño nuevo, día a día. Recrear en ellos la belleza natural, con adornos y cosméticos que les otorgaban personalidad distinta. Se sentía feliz en su departamento. Nada hacía falta. La chica de servicio era discreta, pero amable y dispuesta a interesarse con la plática que se le propusiera. Opinaba poco y siempre en consonancia con el punto de vista de quien la tenía contratada. Si algo adicional hacía falta, una simple llamada daba solución a la carencia.

Ese era el verdadero concepto de libertada para ella. Vivir libre de preocupaciones y sin limitación alguna. Quizá el cuidado que prodigaba a su cuerpo permanentemente, pudiera considerarse como la única atadura. Pero ella amaba a ese cuerpo, como el usurero adora su dinero, o el político su pequeño espacio de poder. No era obligación, quererse y cuidarse. Era la satisfacción más grata que ejecutaba cada día. Y ese culto a sí misma, le prodigaba beneficios permanentes.

Terminó su arreglo de ese día en la recámara. La ropa dispuesta sobre la cama fue ocupando su sitio en cada parte del perfumado cuerpo. Estaba a tiempo. Aunque Arturo era puntual (hábitos de político viejo), sabía que debía esperarla en el recibidor diez o quince minutos, antes de que se dignara bajar a saludarlo y ofrecerle una copa. La solidez del político de carrera, contrastaba con la personalidad desenfadada y sensual de su acompañante. Así lo habían expresado algunos amigos o conocidos de Arturo. Eso alagaba a ambos. Se estaba cumpliendo en todo con los términos del compromiso contraído, a partir de su unión íntima. Una mujer joven y sensual, para alguien con el dinero suficiente para pagar espléndidamente ese lujo.

Arturo odia a los gatos, pero no tiene más remedio que soportarlos, durante el tiempo que debe esperar. Sabe que más le conviene no meterse con ellos. Son seres independientes a los que en nada les preocupa o interesa su alta posición política, o el hecho de que sea el que procure el alimento y los cuidados que disfrutan. Son los personajes más importantes en la vida de ella. Lo sabe y lo acepta, aunque no de muy buen grado.

Salir a cenar y bailar. En realidad, es parte de esa libertad conquistada. Unas horas fuera de su cómodo rincón habitual. Son el paseo indispensable para retozar en ambientes diferentes. Eso y salir de compras son sus actividades favoritas. Arturo no es tacaño y la complace en todo. Por eso ella es complaciente y atenta.

Antes de salir, se acerca a sus gatos, los acaricia, los besa y hace unos pequeños sonidos roncos, a la manera de los felinos. Los gatos se desperezan un poco, responden de igual manera a su dueña y dan una o dos vueltas alrededor de la mano que los acaricia. Arturo es un testigo de piedra en ese momento. Da el último beso a ambos gatos y se dirige a la puerta. Una noche de libertad propia de un gato, piensa mientras sale. Arturo saca su juego personal de llaves, apaga la luz y la sigue.


América Rubio