Ausencia.- Un cuento de Anel Castilla


#EscribirTransforma


Dicen que cuando una persona pierde uno de sus miembros, la sensación de su presencia no cesa en el momento. La mano el brazo la pierna parecen estar ahí, a pesar de la evidencia física.

No puedo decir nada sobre esto, mi cuerpo nunca ha sufrido un accidente de este tipo. Dichosamente disfruto de su presencia. Lo siento pleno, joven y elástico como debe de ser en una chica de mi edad.

Soy mi cuerpo. Antes que nada y después de todo, soy la imagen que recupero del espejo. Vital, precisa, dominando y marcando mi entorno con el encanto que irradia mi presencia.

Muy vanidosa. Lo sé. Pero eso forma parte del encanto. La alegría de vivir, corre paralela con la sensación de bienestar que me acompañe. La vida es fiesta si yo me siento plena. Vivir es un calvario, cuando algo no marcha bien en mi persona. Lo físico, sobre todo, es de importancia capital en mi manera de responder a las cosas que suceden en el mundo.

Para mí, el dinero no es factor de felicidad. Ayuda mucho, pero es un argumento secundario en lo que corresponde a encontrar el estado pleno. He pasado horas inolvidables en un banco del parque, disfrutando de un helado, en compañía de la persona indicada. Y he sufrido penosos momentos, rodeada de todas las atenciones, en sitios donde la compañía era insoportable. El lujo no me llama, pero puedo disfrutarlo enteramente, si mi cuerpo se siente bien dispuesto, o alagado. De la pobreza no sabría hablar, ya que nunca la he padecido.

Hasta ahora, todo había girado en torno a mis necesidades físicas. La gente a mi alrededor, es servicial y se preocupa por complacer mis más pequeñas necesidades. He sido afortunada en ese aspecto. Mis novios y pretendientes, nunca han dudado de que el mejor modo para conseguir mi atención y afecto, es procurando mi felicidad. Yo se los agradezco y, en la medida de lo posible, trato de corresponder a tantas atenciones.

Nada más podía pedirle a la vida. Era feliz y lo sentía.

Y sin previo aviso, rompiendo el mundo perfecto que me habían construido, te presentas con esa voluntad, tan parecida a la mía. Hay otra imagen que también se refleja en mi espejo y entonces la dicha de mi cuerpo, se entrelaza a la necesidad de felicidad que tiene el tuyo.

Mi cuerpo sigue siendo importante para mí, pero ahora la felicidad llega invariablemente por tu conducto. Sigo siendo el sujeto, pero me ata un verbo al complemento. Quiero. Estoy atada a una presencia que define mi felicidad personal. Ya no es suficiente que me hagan sentir feliz. Necesito constancia de la felicidad del otro para completar el hechizo. Me doy cuenta entonces de que no había querido verdaderamente en el pasado. Los simulacros a los que di el nombre de amor, eran pobres representaciones carentes de espíritu. Estímulos para mi vanidad. A nadie me había entregado verdaderamente.

Llegas tú como he dicho y hay un espacio abierto en el que me reconozco de mil modos nuevos. Ya no son ensayos en espacios pequeños. Alcanzamos juntos la representación que aplaude un público entusiasmado, compuesto por miles de imágenes tuyas y mías, fascinadas por una obra tan bien ejecutada. Y esto se repite por un espacio que pienso será interminable. ¿Quién desea descender cuando la vista desde la cima es maravillosa?

Y así como llegaste, te vas. Alcanzamos la cumbre y eso, para ti, era importante. Lo que sigue es rutina y no estás dispuesto a mantenerte fiel a lo que fue misterio y hoy está develado. Quizá no fueron las palabras que usaste, pero el sentido de las otras, es el mismo.

Me dejas tal y como me encontraste, con mi cuerpo perfecto que hoy extraña, anhela y con todo, se sabe codiciado. Siento el sufrimiento por dentro, aunque las huellas del mismo no las permita a flor de piel.

Me miro en el espejo y echo de menos esa parte que tan bien conjugaba con la imagen que yo pongo en el reflejo. Pero pronto me doy cuenta de que no te fuiste por completo, o que no cargaste todo lo tuyo en la maleta. Queda mucho de ti en los espacios que llenaste a plenitud en estos meses. Es como si la densidad de tu ser hubiera hecho marcas precisas e imborrables, que son huella irrebatible de tu paso por mi vida. Están en la silla, en tu espacio en la cama, en la música que formaba cortina a la intimidad que la noche brindaba. Son el símbolo o el sello, que permanece y es irrenunciable. Eres parte de mí, aún ausente, como lo soy de ti, aunque poco me recuerdes.

Quizá a esto llamen madurar. Sigo adorando mi ser y encontrando la mayor felicidad en el disfrute de mi cuerpo. Pero entiendo que algo cambió con tu presencia. Disfrutar de la vida recibiendo siempre, sin entregar nada a cambio, puede ser gratificante. Pero participar de una experiencia donde entregas lo mejor de ti, para recibir lo mismo a cambio y hacer de esos dos momentos uno solo, es la experiencia más grande que puede presentarse.

Nunca te pedí una promesa de relación permanente. No ato ni me gusta ser sujeta, aunque sea por lazos tan sutiles como los que nacen del amor. Te tuve y lo recuerdo, me faltas y lo acepto. Madurar entonces, es aceptar la ausencia, sin pretender detener o regresar el tiempo. Diste y tuviste. Ambos disfrutamos y aprendimos. Es buen trato.

Me quedo con tu ausencia en el espejo. Me acompaña de diferentes formas. Aprieta en ocasiones y recrea espacios que fueron nuestros.

Ese miembro amputado que sigue ahí, reclamando un lugar dentro del todo, es más entendible para mí, desde que puedo sentirte aún, a pesar de la distancia tu olvido y el tiempo.

Anel Castilla