De Ho Chi Minh a Peña Nieto



La agresión permanente de los gobiernos norteamericanos hacia los pueblos del mundo, es una constante que podemos encontrar a lo largo de la Historia moderna. Para el Imperio, el resto de la humanidad tiene una importancia relativa, en la medida en que las demás naciones, se sometan y trabajen para favorecer en todo, los intereses del mercado americano.

No existen amigos; tampoco alianzas que permitan suponer un estado de armonía permanente con alguna nación en particular. Para quienes administran el Imperio, únicamente existen intereses de Estado; la guerra es un elemento que no se puede descartar, como respuesta a quienes pretendan establecer gobiernos soberanos, en las zonas que interesan a los grandes monopolios americanos.

Para el Imperio, la industria de la guerra es vital. Necesitan guerras y conflictos en el mundo, que consuman el armamento que se fabrica con fines comerciales. La guerra y la muerte que la primera desencadena, son los dos pilares que sostienen firmemente al Imperio.

En el curso de la historia reciente, la invasión a Vietnam tiene un significado especial. Ahí se libró una guerra de ocupación y exterminio por parte del gobierno americano, que provocó más de un millón de muertos entre la población vietnamita. Las bajas americanas se calculan en 58,000. El final significó una derrota contundente para el Imperio.

¿Qué le dio la victoria final a Vietnam, sobre el poderío bélico norteamericano? ¿Qué puede derrotar a los profesionales de la guerra y de la muerte? La respuesta se encuentra en una sola palabra: Dignidad.

No obstante, la feroz y despiadada ofensiva estadounidense, con el mejor armamento conocido hasta entonces, la resistencia de una sociedad que dijo rotundamente "No" al intervencionismo y ocupación imperial, significó finalmente la derrota más dolorosa que recuerde el ejército americano y el triunfo de un pueblo que supo defender su territorio y su futuro, no obstante, la enorme diferencia de fuerzas entre las dos naciones enfrentadas. Una invasora y la otra invadida.

De ese tiempo al presente, han sucedido infinidad de acontecimientos históricos; el mundo en el que vivimos actualmente se ha modificado, pero con todo, un elemento importante sigue casi inalterable: la voracidad del Imperio.

En nuestro país, hemos vivido esta trágica experiencia de muchas maneras. Nos han arrebatado territorio, hemos firmado Tratados infames (como el de Bucareli), en los cuales nos comprometemos a ser permanentemente dependientes del Imperio, sin desarrollar industria propia. Más reciente aun, está el TLCAN que contiene cláusulas secretas, que reafirman los convenios anteriores de Bucareli. Para el gobierno americano, México no es un vecino; se le ve como un sirviente que cuida la espalda del amo. Según ellos, no tenemos voz propia y nos sujetamos a las directrices que nos envían desde la Casa Blanca.

Esto ha sucedido así, por la pasividad de la clase política nacional, que ve por sus intereses de grupo, antes de hacerlo por el bienestar de la nación. Ni PRI, ni PAN, han observado una política nacionalista y en aras del "libre mercado", entregan a diario la riqueza y soberanía nacional, a cambio de las sobras del banquete que disfrutan los capitales gringos, con lo que debiera ser patrimonio nacional.

En estas fechas, donde las elecciones para elegir nuevo presidente, gobernadores y congresos federales y estatales están próximas, es conveniente hacer notar que, la sociedad mexicana en su conjunto, ha manifestado de mil maneras, su repudio a los gobiernos priistas y panistas que tienen a nuestro país sumido en la postración y la miseria. Somos una sociedad que lucha por rescatar su Dignidad Nacional. Estamos hartos de corrupción, impunidad, hambre y violencia.

Hoy vemos como de manera permanente, el canciller Videgaray y el presidente Peña Nieto, ajustan su política al gusto de la administración de Donald Trump, con tal de ganar el apoyo que requieren para mantenerse en el poder, por la vía que sea (el fraude preferentemente). Sus candidatos, Meade, Anaya y Zavala, carecen de apoyo popular, pero necesitan que uno de ellos quede al frente de la nación, para garantizar sus intereses de clase, aunque para ello deban de entregar los restos de nuestro país, a la demencial ambición americana.

Si Vietnam, una nación pequeña relativamente, tubo la fuerza suficiente para enfrentar al Imperio americano y salir triunfante en base a su dignidad ¿por qué no le sería posible a México realizar una hazaña similar, en esta época de elecciones? La derrota infligida a nuestra clase política corrupta y a los grandes monopolios norteamericanos sería enorme.

Para conseguirlo, hace falta únicamente, actuar desde ya, con valentía y dignidad. Votar en forma masiva es la mitad del camino que debemos recorrer. El otro medio, está en la organización para la vigilancia del voto popular. Organizaciones civiles y las bases del partido Morena, están trabajando en una estrategia nacional que garantice el respeto al voto; solo se requiere el apoyo del mayor número posible de mexicanos comprometidos con el cambio. Por otra parte, las Dependencias del Estado están trabajando actualmente a favor del fraude electoral. A nosotros como ciudadanos nos corresponde impedir que consigan sus fines.

En estas elecciones, la Dignidad de todo un pueblo, enfrentará con valentía a la fuerza del Estado mexicano -corrupto y tramposo-, que se apoya a su vez en la fortaleza económica y política americana. Si queremos un verdadero cambio, debemos luchar por el mismo, unidos y organizados. Otros han conseguido triunfar ante el Imperio, en base a voluntad, trabajo y dignidad nacionales. Que México sea uno más en esa lista.

En este sentido, la respuesta que el entonces presidente de Vietnam, Ho Chi Minh, dio al presidente norteamericano en turno, Lyndon B Johnson, es ilustrativa de lo que un pueblo digno, puede hacer ante los embates de los corruptos nacionales, apoyados por los intereses económicos y las fuerzas militares extranjeras. Dejamos aquí (en formato pdf) la carta de Johnson a Ho Chi Mingh y la respuesta que el líder vietnamita dio a la misma.

El cambio es posible. Luchemos por él.

Malthus Gamba